
Por Angelique Walker-Smith
Todavía puedo escuchar el sonido de las pesadas puertas de seguridad, al abrir y cerrarse cuando entraba a la prisión de máxima seguridad para mujeres de Indianápolis, Indiana (IWP por sus siglas en inglés). Esta secuencia se repetía dos veces, en el mismo edificio, antes de entrar al patio de la prisión. Este mismo proceso de entrada ocurría cuando entraba a cualquier otro edificio para visitar las mujeres en la prisión. Este fue el proceso de seguridad rutinario que seguí por varios años como voluntaria asistente al capellán, asignada especialmente a mujeres sentenciadas a la pena de muerte, segregación administrativa y en unidades disciplinarias. Éste era el sonido de la encarcelación muy de cerca.
Me sentía bendecida al ser recibida por las mujeres. A pesar de su cautividad, juntas experimentábamos el poder transformador de la presencia de Cristo a través de la oración, el estudio bíblico y escucharnos mutuamente. A medida que crecí en este ministerio relacional, comencé a preguntarme por qué había un aumento considerable de mujeres y adolescentes en la prisión. Esto me movió a cuestionar más profundamente la raíz del problema del encarcelamiento masivo.
Los estudios de Pan para el Mundo señalan que, aunque Estados Unidos representa solo el 5% de la población mundial, cuenta con una cuarta parte de todos los prisioneros a nivel mundial, y la mayor parte de esta población está compuesta por minorías, adolescentes, mujeres o personas de la tercera edad. Las sentencias mínimas mandatorias, especialmente en casos de ofensas menores por drogas, no violentas, atan las manos de los jueces. Muchas veces estas sentencias mínimas requieren condenas de prisión que son innecesarias e inadecuadamente largas—haciendo más daño que bien a la persona, su familia y la comunidad.
Además, el 38.3 por ciento de los inculpados latinos y el 31.5 por ciento de los Afro-americanos son sentenciados por ofensas que conllevan la condena mandatoria mínima federal, en comparación al 27.4 por ciento del total. Michelle Alexander, autora del libro “The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness” (disponible en inglés solamente) describe la encarcelación masiva como: “no solo el sistema de justicia criminal sino como una amplia red de leyes, reglas, políticas y costumbres que controlan a quienes han sido marcados como criminales dentro y fuera de la prisión”.
Mateo 25:36b-40 sugiere que somos responsables de los prisioneros, así como de aquellos que carecen de comida, ropa o cuidado de salud. La historia de la creación en Génesis establece que Dios está con nosotros y en nosotros. Leyes injustas no reflejan la afirmación divina de que todos hemos sido creados conforme a la imagen de Dios. Cuando nuestras políticas no reflejan este principio, hemos deshonrado a nuestros vecinos, a nosotros mismos y a Dios.
Pan para el Mundo cree que reformar las políticas de encarcelación masiva de nuestra nación es fundamental para terminar el hambre y la pobreza. Nuestro sistema de justicia criminal está roto. Las desigualdades bajo las que ha operado el sistema han conducido al hambre y la pobreza. Es tiempo de que no solo tengamos un ministerio de visitar a los prisioneros sino también uno de abogar por una reforma en las sentencias. Es tiempo de investigar las necesidades especiales de los encarcelados, y las necesidades especiales de las mujeres, especialmente, las que han sido encarceladas previamente.
¿Te puedes unir a nosotros abogando por la propuesta de ley Sentencing Reform and Corrections Act of 2017 (S. 1917), la cual trata el tema de reformar las sentencias?
Angelique Walker-Smith es la asociada principal en asuntos de Iglesias Pan-Africanas y de la Iglesia Ortodoxa en Pan para el Mundo.
Afghanistan would be considered likely to have high rates of hunger because at least two of the major causes of global hunger affect it—armed conflict and fragile governmental institutions.
Malnutrition is responsible for nearly half of all preventable deaths among children under 5. Every year, the world loses hundreds of thousands of young children and babies to hunger-related causes.
Bread for the World is calling on the Biden-Harris administration and Congress to build a better 1,000-Days infrastructure in the United States.
“As you therefore have received Christ Jesus the Lord, continue to live your lives in him, rooted and built up in him and established in faith.” These words from Colossians 2:6 remind us of the faith that is active in love for our neighbors.
The Bible on...
The Supplemental Nutrition Assistance Program (SNAP) is designed to respond to changes in need, making it well suited to respond to crises such as the COVID-19 pandemic.
Bread for the World and its partners are asking Congress to provide $200 million for global nutrition.
In 2017, 11.8 percent of households in the U.S.—40 million people—were food-insecure, meaning that they were unsure at some point during the year about how they would provide for their next meal.