
Por Obispo José García
En el principio Dios le confirió a la humanidad autoridad para “sojuzgar la tierra” y ser administradores de su creación (Ge 1:28; Sal 8:6-8). Dicha administración se materializa a través de estructuras humanas para el gobierno y servicio que deberían beneficiar la humanidad y preservar los recursos naturales del planeta. Por lo tanto, tenemos del deber de ejercer un buen gobierno a través de normas y leyes que provean igualdad para escoger y oportunidad en cuanto a salud, educación, trabajo, nutrición, seguridad, y vivienda para todos.
De la misma manera, Dios nos ha llamado a prestar cuidado especial y procurar el bien y la justicia hacia aquellos que están marginados y luchando contra el hambre y la pobreza (Sal 72:4, Pr 31:9, Is 11:4). Esto es así porque la mancha del pecado ha contaminado las estructuras y sistemas humanos cuya intención eran para el bien común. Un mundo perfecto creado por Dios, con recursos suficientes para la sostenibilidad y una coexistencia armoniosa con la naturaleza fue corrompido. Como resultado, la opresión, la avaricia, el egoísmo y el abuso del poder han creado pobreza, hambre, guerras y violencia.
Sin embargo, Dios proveyó una solución a través del sacrificio de Cristo para “reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col 1:20). A través del pacto en el Sinaí, Dios impartió los mandamientos e instrucciones para la adoración y reverencia que debía observar su pueblo para reconciliar su relación con Él. Cumplir con este pacto también requería que Israel cuidara y procurara la justicia para su prójimo. Para los cristianos, el sacrificio de Cristo no llama a compartir y vivir un evangelio que redime del pecado y donde su amor nos mueve a vivir una vida de santidad que traduce el amor de Dios por medio de un testimonio de servicio, misericordia, gracia, compasión y justicia hacia nuestro prójimo. Cristo le dijo a sus discípulos que toda la ley se podía resumir al amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (véase Mt 22:36-40).
Durante la época de cuaresma recordamos como antes de que Cristo comenzara su ministerio terrenal, fue al desierto para orar y ayunar por 40 días. El resistió las inclemencias del calor, el terreno y la tentación. El regresó de esa experiencia lleno del poder del Espíritu Santo para: “dar buenas nuevas a los pobres; sanar a los quebrantados de corazón; pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; y predicar el año agradable del Señor” (Lc 4:18, 19). Estos cuarenta días de ayuno y oración sirvieron como un tiempo para Cristo discernir la voluntad de Dios y definir su ministerio.
Durante esta época de cuaresma, mientras estas orando, ayunando y reflexionando sobre cómo profundizar tu relación con Dios, nuestra nación sigue confrontando los temas del hambre, pobreza, inmigración, refugiados, la encarcelación masiva, salud pública, una cultura de temor, misoginia, cambio climático, falta de civilidad, y muchos otros. Pídele a Dios que la unción del Espíritu Santo te dirija en una jornada de fe, que te mueva a expresar cuánto to amas a Dios procurando la justicia para tu prójimo en cualquiera de esos temas.
Qué la gracia, Misericordia y amor de Dios sean contigo.
Obispo José García asesor ejecutivo de la estrategia de oración e iniciativas estratégicas de Pan para el Mundo.
Qué la gracia, Misericordia y amor de Dios sean contigo.
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